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May 12, 2010May 12, 2010  1 comments  un poco de ficción filosófica

 

Filomeno y la filosofía

 Lourdes Aznavwrian

 

 

Todos los días amanece y Filomeno sale a trabajar a una editorial que está justo cruzando la calle al salir de su edificio. Él es corrector de estilo, a los veinte años comenzó a trabajar en la editorial con el firme propósito de resolver de momento la necesidad de tener un salario mensual seguro y dedicarse a escribir en su tiempo libre, para finalmente publicar y poder dedicarse a buscar concursos donde pudiera llevar sus escritos; pero hoy Filomeno tiene cuarenta años y no ha escrito ni una cuartilla, se dedicó a leer y a corregir los escritos de otras personas para que al publicarse estuvieran al menos exentos de cualquier error ortográfico, eso es lo que siempre le decía su jefe cuando le daba un manuscrito,

-Yo sé Filomeno que no podrás escribir mejor que el autor de este manuscrito, por eso eres corrector, pero antes que nada preocúpate por una sola cosa, que no haya errores ortográficos, que no haya ni uno que si llego a ver al menos uno te corro, te juro que te corro, iba diciendo a lo largo del pasillo que conectaba la oficina de Filemón con la suya.

Filemón se tomaba muy en serio las advertencias de su jefe y en veinte años de trabajar ahí, nunca, nunca había tenido un solo error ortográfico en las publicaciones que él había revisado acuciosamente. Razón por la cual jamás de le encomendó una tarea distinta a la de corrector o más bien eliminador de errores ortográficos. Todos los días, las semanas, los meses, los años que llevaba trabajando ahí, hacía exactamente lo mismo, leer y corregir errores ortográficos y lo hacía tan bien que se había convertido en uno de los slogans de la empresa:

 

¡Editorial colmena, garantiza la publicación de sus escritos sin errores ortográficos!

 

A la editorial entraba una luz color ámbar porque en todas las ventanas había unos vidrios casi amarillos y por más blanca e intensa que fuera la luz afuera, pasaba por ese filtro amarillo y lo obscurecía todo, eso hacía que leer durante toda la mañana y parte de la tarde fuera por demás cansado y difícil, pero Filomeno lo asumía como un reto personal. Vestía todos los días de traje, con un chaleco tejido a mano que cambiaba todos los días –su madre con quien vivía, se los había hecho- usaba anteojos, es alto y de tez blanca, delgado, tal vez demasiado delgado, fuma, fuma muchísimo, con el cigarro que apaga prende el siguiente, él dice que fuma debido a un serio problema de ansiedad que sólo ha podido resolver … fumando… Nunca quiso tener hijos y tampoco una pareja estable, la compañía de su Madre lo cubre todo, ella enviudó hace 10 años, su marido- el Padre de Filomeno- murió en un accidente en la carretera y la Madre de Filomeno no tuvo más alternativa que pedirle a su hijo que le permitiera vivir con él porque no se sentía bien sola, Filomeno no tuvo inconveniente y secretamente en lo más íntimo de su ser agradecía ese accidente, de otra forma jamás habría tenido a su Madre para él solo como cuando era niño.

Hoy era un día como tantos otros en el trabajo, pero algo había cambiado y tenía a Filomeno un poco confundido, le pidieron que corrigiera una reedición de el Tratado  de la naturaleza humana de Hume, un filósofo escocés del siglo XVIII, este año había ingresado un número muy poco convencional de alumnos a la facultad de filosofía y había que aprovechar y comenzar a reeditar muchos textos que los estudiantes en masa iban a requerir ya que no los había en la biblioteca, ¿para qué? si nadie los consultaba. Se desconoce por completo la razón por la que tantas personas de buenas a primeras se interesaron por estudiar filosofía, pero era un buen momento para la editorial desde le punto de vista comercial, ya que no tenía que pagar derechos por las reediciones de los filósofos muertos.

-Sólo filósofos muertos, eso es lo único que reeditaremos, habrá mucho trabajo por aquí, ya que muchos son los que han muerto, gritaba el jefe de Filemón después de repartir los manuscritos que se tenían que revisar.

Filemón estaba leyendo, sin detenerse a buscar los posibles errores ortográficos, la lectura lo había atrapado por completo, ¿qué era lo que estaba diciendo este filósofo? ¿cómo saber si era o no verdad? Desde que empezó la lectura del Tratado, fumaba más y se le humedecían las manos todo el tiempo ¿cómo era posible? Una de las creencias más arraigadas es la de que cada día, por la mañana saldrá el sol. Es cierto que el sol no 'sale', que su aparición es consecuencia del movimiento planetario, pero es una creencia que parece tan universal que se encuentra arraigada en la naturaleza humana de tal forma que hemos creado un hábito cuya única base está en la experiencia que tenemos de que cada día sale el sol. ¿Qué significaba esto? ¿Podría no volver a salir el sol? Y si eso era posible, entonces también es posible que yo abra la puerta mañana y no haya nada, que la calle que cruzo todos los días haya desaparecido. A eso le llamaba inducción, a esa predisposición nuestra a suponer que mañana todo seguirá siendo como hasta ahora ha sido ¿ y qué si eso no sucede? Filemón había comprendido una idea que lo tenía sumamente angustiado e intranquilo, no era necesario que todo lo que existe hoy, exista mañana, no era una verdad absoluta, sino sólo probable, contingente, cambiante, pero al mismo tiempo no podía concebir la posibilidad de que no fuera así, algo dentro de el se resistía a pensar que mañana podría levantarse en medio de la nada o bien que mañana incuso podría dejar de ser quien es. Por primera vez en veinte años entregó el manuscrito sin haberlo revisado.

-El tiempo apremia, el tiempo apremia Filemón, necesito tener listos los libros del segundo semestre, les pagaré horas extras si es necesario, pero debemos terminar, debemos terminar.

Estaba en sus manos otra obra de un filósofo francés, René Descartes, se llamaban Meditaciones metafísicas. Comenzó a leerlo una vez más con la firme intención de cumplir con su trabajo, que consistía, única y exclusivamente en detectar los errores ortográficos y desaparecerlos por completo, pero una vez más quedó atrapado en la lectura y no pudo más que seguir leyendo sin preocuparse si quiera por lo que era su obligación, este texto lo confundía aún mas ¿cómo era posible no poder distinguir entre el estado del sueño y el de la vigilia? Este pensador afirmaba que no teníamos en realidad un buen argumento para poder saber que no estamos soñando, no hay indicios en el mundo, en la realidad, que nos permitan afirmar que estamos despiertos. El sueño es indistinguible de la vigilia, el sueño es indistinguible de la vigilia, se repetía esta frase en la mente de Filemón una y otra y otra vez. Siguió leyendo, nuestros sentidos nos engañan frecuentemente, entonces no podemos afirmar que poseemos un conocimiento certero del mundo exterior. Nuestra experiencia onírica es equivalente a nuestra experiencia en la vigilia y eso hace imposible poder distinguir entre ambos, si eso es así, entonces ¿qué conocemos del mundo externo? Si lo que creemos conocer requiere de que estemos seguros de que estamos despiertos, he pasado toda mi vida creyendo que estoy despierto y resulta que no puedo afirmarlo; estaba por explotarle la cabeza, de lo único que estoy seguro es de que no estoy seguro de nada gritó, todos en la oficina voltearon a verlo y Filemón corrió a la azotea del edificio y saltó al vacío. Murió instantáneamente, su jefe publicó al día siguiente un obituario en el periódico:

 

Editorial Colmena lamenta sensiblemente la muerte

de su colaborador por veinte años, Filomeno Pérez, el día de ayer en sus instalaciones, debido a la lectura de dos textos filosóficos.

 

El jefe estaba seguro de que este obituario así como el trágico accidente aumentarían aún más las ventas.

 

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May 12, 2010May 12, 2010  4 comments  un poco de ficción filosófica

 

 

La filosofía nos nació un día

Lourdes Aznavwrian

 

Nada no había nada y alguien que no soy yo, la que escribe, observó todo lo que a continuación les voy a narrar y después se lo contó a mi tatarabuelo, y así sucesivamente hasta que de una tradición oral larga, muy larga; llegó hasta mi lo que hoy les cuento. El origen de la filosofía. Estaban los dioses que nos crearon, Diva y Divo, conversando acerca del aburrimiento crónico de los seres humanos; decidieron enviarles algo con lo que se pudieran entretener. La duda y el asombro. Y así la filosofía nos nació un día, preguntar y repreguntar, cuando descubrimos ese hueco en el árbol de nuestra vida: el asombro y la duda, dos dioses que bajaron a llenar la hombre de la duda como si fuera el agua y la pregunta como si fuera el aire. Pero la diosa de la curiosidad se sintió ofendida por no haber sido convocada, y bajó enfurecida a la tierra de los hombres, pero supo muy bien de quien acompañarse, de la imprudencia. Mala combinación para los humanos que a penas sabían lidiar con la borrachera de la duda y el asombro. Sucedieron todo tipo de accidentes catastróficos y deplorables. La curiosidad hacía que los hombres bebieran el gozo de la pregunta y un buen día, ¡¡¡zaz!!!, inician su camino filosófico hacia el mundo. El problema no era ese, sino la imprudencia que acompañaba a la curiosidad, de esa es de la que debíamos cuidarnos. Allí iban los hombres, con su morral repleto de interrogantes ¡Qué largo y placentero camino les espera! Los hombres aprendieron a mirar, sentir con pasión y pensar con vehemencia. La curiosidad recibió su castigo por aliarse con la imprudencia, pero la dejaron seguir alimentando a los hombres. Y pronto la curiosidad se convirtió en el humano derecho de saber y el asombro en la alegría de conocer, de entender cómo es que funciona el mundo. El ser humano comenzó a cosechar respuestas, sorprendido busca, juega; dialoga y aprende amando lo que conoce y generosamente comenzó a invitar a los otros hombres a mirar juntos toda la hermosura que hay en el mundo. Y así, lo hombres dejaron de desear palabras gastadas, pensamientos pensados por otros. Ya no querían que les describiesen la lluvia sino mojarse con ella. Fue eligiendo caminos que con sus dudas rompían a martillazos las  máscaras de sus antiguas certezas. Y no le quedó más que seguir con él, el camino menos seguro: la filosofía.

 

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