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La filosofía nos nació un día
Lourdes Aznavwrian
Nada no había nada y alguien que no soy yo, la que escribe, observó todo lo que a continuación les voy a narrar y después se lo contó a mi tatarabuelo, y así sucesivamente hasta que de una tradición oral larga, muy larga; llegó hasta mi lo que hoy les cuento. El origen de la filosofía. Estaban los dioses que nos crearon, Diva y Divo, conversando acerca del aburrimiento crónico de los seres humanos; decidieron enviarles algo con lo que se pudieran entretener. La duda y el asombro. Y así la filosofía nos nació un día, preguntar y repreguntar, cuando descubrimos ese hueco en el árbol de nuestra vida: el asombro y la duda, dos dioses que bajaron a llenar la hombre de la duda como si fuera el agua y la pregunta como si fuera el aire. Pero la diosa de la curiosidad se sintió ofendida por no haber sido convocada, y bajó enfurecida a la tierra de los hombres, pero supo muy bien de quien acompañarse, de la imprudencia. Mala combinación para los humanos que a penas sabían lidiar con la borrachera de la duda y el asombro. Sucedieron todo tipo de accidentes catastróficos y deplorables. La curiosidad hacía que los hombres bebieran el gozo de la pregunta y un buen día, ¡¡¡zaz!!!, inician su camino filosófico hacia el mundo. El problema no era ese, sino la imprudencia que acompañaba a la curiosidad, de esa es de la que debíamos cuidarnos. Allí iban los hombres, con su morral repleto de interrogantes ¡Qué largo y placentero camino les espera! Los hombres aprendieron a mirar, sentir con pasión y pensar con vehemencia. La curiosidad recibió su castigo por aliarse con la imprudencia, pero la dejaron seguir alimentando a los hombres. Y pronto la curiosidad se convirtió en el humano derecho de saber y el asombro en la alegría de conocer, de entender cómo es que funciona el mundo. El ser humano comenzó a cosechar respuestas, sorprendido busca, juega; dialoga y aprende amando lo que conoce y generosamente comenzó a invitar a los otros hombres a mirar juntos toda la hermosura que hay en el mundo. Y así, lo hombres dejaron de desear palabras gastadas, pensamientos pensados por otros. Ya no querían que les describiesen la lluvia sino mojarse con ella. Fue eligiendo caminos que con sus dudas rompían a martillazos las máscaras de sus antiguas certezas. Y no le quedó más que seguir con él, el camino menos seguro: la filosofía.


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